La biblioteca de los días perdidos
Cada noche, Elías soñaba con una biblioteca que no existía. Era un lugar inmenso, con estanterías infinitas, escaleras que flotaban en el aire y relojes que no marcaban la hora, sino los días. Cuando despertaba, recordaba cada rincón con una claridad absurda, como si realmente hubiera estado allí. La biblioteca tenía un guardián sin rostro que solo decía una cosa: “Tú olvidaste más de lo que crees”.
Durante años, Elías creyó que era solo un sueño recurrente. Pero todo cambió la mañana en que, al revisar una caja vieja en el desván de su abuela, encontró un libro que no recordaba haber leído: Los Días Perdidos de Elías M.. No tenía autor, ni editorial, ni fecha. Solo una advertencia escrita a mano en la primera página: “No abras este libro si no estás dispuesto a recordar”.
Elías lo abrió.
En cuanto pasó la primera hoja, fue como caer por un túnel sin fondo. No perdió la conciencia, pero su mente pareció desdoblarse. De pronto, estaba de pie dentro de la biblioteca de sus sueños, solo que ahora no soñaba. Estaba allí, en carne y hueso.
“Bienvenido de nuevo”, dijo el guardián sin rostro, su voz como un eco hecho de susurros antiguos.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Elías, temblando.
—La Biblioteca de los Días Perdidos. Aquí guardamos lo que olvidaste. Lo que te quitaron. Lo que tú decidiste no recordar.
Guiado por el guardián, Elías recorrió los pasillos. Cada estante contenía libros con fechas por títulos: 3 de marzo de 2002, 14 de julio de 1997, 9 de septiembre de 2010. Abrió uno al azar y revivió el día en que su madre le enseñó a andar en bicicleta. Otro reveló un recuerdo más oscuro: la vez que se perdió en el bosque y escuchó a alguien —o algo— que no debería haber estado allí.
Elías comprendió entonces que cada persona tiene su propia biblioteca, pero la mayoría nunca la visita.
—¿Y si leo todos mis días perdidos? —preguntó.
—Entonces volverás a ser completo. Pero también recordarás por qué decidiste olvidar.
Elías pasó semanas en la biblioteca (o quizás minutos, en el mundo real). Cada libro que abría lo hacía más sabio... y más triste. Recordó a amigos que se fueron, traiciones que eligió enterrar, momentos de ternura que no supo apreciar. Y, sobre todo, recordó a ella: Ana, la única persona que amó de verdad. El recuerdo de su rostro, de sus risas, de su desaparición repentina.
Ana no murió. Lo recordó como un golpe seco al pecho: él la había olvidado a propósito.
El último libro que abrió no tenía fecha. Solo tenía su nombre: Elías M.. Al leerlo, vio una escena que no conocía: Ana llorando frente a una puerta cerrada, la suya. Él, frío, diciéndole que no podían seguir. Que era demasiado doloroso. Que era mejor borrar.
En ese momento, Elías comprendió que la biblioteca no solo guardaba sus recuerdos. También ofrecía una elección.
—¿Quieres llevarte algo contigo? —le preguntó el guardián.
—Quiero recordar. Todo.
El guardián asintió. Elías despertó en su cama con lágrimas corriendo por su rostro. El libro que había abierto ahora estaba en blanco. Pero él recordaba cada palabra.
Salió a buscar a Ana. No sabía si lo perdonaría, si aún lo querría, si siquiera lo recordaba. Pero ahora entendía que olvidar no era sanar. Y que recordar, aunque doliera, era el primer paso para volver a vivir.
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