El mapa sin caminos

 Tomás tenía doce años cuando encontró el mapa.

Estaba enrollado dentro de un libro viejo en la biblioteca de su abuelo, uno de esos con la tapa de cuero y páginas que crujían como hojas secas. El libro no tenía título, pero dentro guardaba aquel misterioso pergamino. No tenía nombres de ciudades, ni leyendas, ni colores. Solo líneas finas que no llevaban a ningún lugar, círculos, y una frase escrita en tinta dorada: “Solo se revela al que camina sin saber a dónde va.”

Tomás, como cualquier niño curioso, decidió que era un mapa mágico. Esperó al atardecer, se guardó el pergamino en la mochila, tomó una linterna, un trozo de pan y una brújula que no servía, y salió por la puerta trasera, hacia el bosque detrás de la casa.

El bosque era espeso y silencioso, salvo por el crujido de sus pasos y el canto lejano de un búho. Sacó el mapa y, como era de esperarse, no entendía nada. Pero recordó la frase: caminar sin saber a dónde. Así que avanzó.

A los veinte pasos, algo cambió.

Una línea del mapa brilló débilmente y se alargó. Tomás se detuvo, asombrado. Dio otros diez pasos, y otra línea apareció. El mapa se dibujaba solo, a medida que él caminaba sin rumbo.

Así comenzó su aventura.

Cruzó un puente de raíces vivas, habló con un zorro que le dio una pista a cambio de pan, y resolvió un acertijo frente a una roca que lloraba cada medianoche. A cada paso, el mapa revelaba un nuevo camino, un nuevo símbolo, una nueva posibilidad.

Tomás no tenía miedo. Solo una extraña sensación de que no estaba perdido, sino encontrándose.

En el centro del mapa —cuando por fin pareció completo— había un punto dorado. Una pequeña isla en medio de un lago que no había visto aún. Y, como si el bosque lo escuchara, al siguiente claro apareció el lago. Silencioso, oscuro, con una canoa esperando en la orilla, sin amarras.

Tomás subió sin dudar. Remó hacia el centro. Al llegar a la isla, solo encontró una piedra con una inscripción: “Ya sabes regresar.”

Confundido, miró el mapa. Pero estaba en blanco.

Se asustó. Intentó remar de vuelta, pero la canoa desapareció. Entonces recordó: “Solo se revela al que camina sin saber a dónde va.”

Cerró los ojos.

Y caminó.

Cuando los abrió, estaba en su habitación. Mojado, con la mochila llena de hojas secas y el mapa enrollado entre sus cosas. En blanco, otra vez.

Nadie creyó su historia. Excepto su abuelo, que solo le guiñó un ojo y le dijo: “Yo también perdí mi mapa una vez.”

Desde ese día, Tomás no dejó de explorar. El mundo real le parecía menos aburrido. Porque sabía que, cuando caminaba sin buscar nada en particular… algo siempre lo encontraba a él.

Y el mapa, cada tanto, volvía a brillar.

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